Ayer estuve en la presentación del libro Un cadáver para un detective, del detective profesional Vicente Corachán. Fué la primera de muchas, organizadas por "Esparreguera Negra", entidad de la que ya he hablado en este blog anteriormente.
Conocimos al autor, nos pasamos genial y, como suele pasar en estos acontecimientos, la charla derivó a debate sobre la literatura actual y salimos tarde de allí.
Os dejo algunas fotos de la tarde que pasamos y animo a que vengáis a las próximas presentaciones literarias.
Aquí tenéis el enlace al reportaje en el blog de Esparreguera Negra
viernes, 31 de mayo de 2013
jueves, 30 de mayo de 2013
Conejillo de indias (1a Parte)
Ahí
estaba yo, en medio de una calle sin salida, con un trozo de periódico con una
dirección que no encontraba… la de cosas que hace uno por ganar cuatro perras.
Volví a mirar el trozo de papel, era un recorte de un anuncio publicitario,
escondido entre la noticio de un nuevo meteorito y otro anuncio de contactos. <<Se necesita joven con buena salud para
trabajos en laboratorio>>. Se lo comenté a mi hermano antes de ir. Él
estaba convencido de que me harían probar substancias y fármacos raros. Yo
creía que era para mover cajas y mercancía peligrosa. Ni una cosa ni otra… algo
peor.
Para empezar el número del
edificio que rezaba el trozo de periódico no aparecía en ninguna de las puertas
a las que me acerqué. Pero sí a una tapa de alcantarilla que había en medio de
la calle. Con total incredulidad piqué con el puño a aquel trozo de metal. No
hubo ningún efecto inmediato pero cuando había perdido las esperanzas la tapa
circular de alcantarilla empezó a moverse, a girar sobre sí misma. Yo me
asusté, caminé hacia atrás y me caí encima de mi mano. Creo que me fracturé la
muñeca. La tapa se abrió un poco. De aquel agujero salió una cabeza que me miró
a través de unas gafas con las lentes redondas. Tenía una cara vieja y
arrugada.
- ¿Vienes por el anuncio? –
Me dijo.
- Sí. – Intenté levantarme,
pero me dolía la mano horrores. – Aunque ahora no crea que sea de mucha ayuda,
me he hecho daño al caerme.
La cara me miró sorprendida
y frunció el ceño. Unas manos viejas apartaron la tapa de la alcantarilla y el
hombre salió de allí con gran habilidad. Se me acercó de rodillas y me tendió
la mano.
- Déjame que le eche un ojo.
– Llevaba una bata blanca, sorprendentemente limpia para el lugar de donde
había salido. Eso fue lo único que me dio razones para obedecerle. Su aspecto era
siniestro rozando lo caricaturesco.
Puso su mano encima de mi
muñeca y el dolor punzante se hizo más agudo, noté mi corazón bombeando
muchísimo más rápido de lo normal pero lo más sorprendente fue una luz que
surgió de la mano que sostenía la mía. Aquello duró un momento, cuando me soltó
noté que ya no me dolía nada.
- Vamos, sígueme. – Se metió
por el agujero por donde había salido. Yo estaba flipando.
Lo
seguí por unas escaleras que daban a unos pasillos apestosos donde la única
fuente de luz la producía él con su mano. Noté que tenía dos puntitos de luz
rojos detrás de la cabeza. Llegamos hasta una gran puerta circular que él abrió
presionando un botón rojo. Entramos por ella. Él dijo “Luces” y automáticamente
se encendieron una gran cantidad de bombillas que dieron luz al lugar más
extraño en el que había estado jamás.
martes, 28 de mayo de 2013
La decisión de Clara
Una niña pequeña se despierta debajo de un árbol. Es Clara, que deja atrás un extraño sueño y no recuerda cómo ha llegado hasta allí. Se encuentra en una roca flotando en el aire, sentada en las raíces de un árbol con las hojas violeta. Mira al horizonte y en lugar del sol hay un gran donut con glaseado y virutas de chocolate marcando un atardecer detrás de un inmenso mar. Se levanta y va saltando de pedrusco en pedrusco hasta un lugar donde la tierra flotante forma un continente extenso.
Sigue un camino rodeado de unas extrañas plantas: caramelos, piruletas y otras golosinas florecen en arbustos de variopintos colores.
Desde una gran roca un pequeño pájaro la observa fijamente, vuela hacia ella y se coloca delante bloqueándole el camino.
- Hola pequeñín. – Dice Clara. – ¿Tú también estás perdido?
El piar del pajarito le responde de manera afirmativa. Clara extiende el brazo y el pequeño animal se coloca en su mano. Los dos siguen por el camino esperando salir de allí.
***
En la cama de un hospital hay una niña inconsciente. Sus padres están al lado de la cama, esperando que alguien les diga qué le ha pasado a su hija. Un hombre con bata entra a la habitación.
- Buenos días. Tengo los resultados de las pruebas que le han hecho a su hija. Siento decirles que la cosa no pinta bien. – Empieza a llover y las gotas chocan en el cristal de la ventana como bombas. – La pequeña ha desmayado a causa de falta de oxígeno provocado por una irregularidad en el corazón. La única manera de que mejore es trasplantándolo.
La madre de la pequeña empieza a llorar, el padre aguanta las lágrimas y con un hilo de voz responde:
- ¿Hay donantes?
- Lamentablemente es difícil encontrar donantes de corazón, pero la hemos puesto con prioridad en nuestra lista de espera. No podemos perder la esperanza.
***
La pequeña Clara, cansada de caminar y perdida en aquél lugar, rompe a llorar al lado de una gran piedra colorida. El pájaro intenta animarla piando a su lado pero la situación no mejora.
- Pajarito… Echo de menos a mi papá. Quiero salir de aquí…
En ese instante, la gran roca donde Clara estaba apoyada empieza a moverse. No es una roca, es la espalda de un hombre muy grande. Es muy gordo y tiene una forma redondeada, tanto que las piernas no le llegan al suelo. Además en sus manos tiene una guitarra, pero en comparación con él parece un pequeño violín.
- ¡Una niña! ¿Estabas llorando en mi espalda? Espero que no me la hayas dejado llena de mocos…
***
Una enfermera irrumpe en la habitación con una sonrisa. ¡Han encontrado un donante! El doctor avisa a los padres que no se alteren, aún hay que hacer las pruebas para confirmar que son compatibles, sino no hay posibilidad de poderlo utilizar en ella. Extraen un poco de sangre a la pequeña y la llevan al laboratorio con mucha prisa.
El doctor los lleva a conocer al cirujano que, en caso de que los resultados sean positivos, realizará la operación.
- Es el mejor cirujano de la casa. Además de un gran amigo mío.
Entran en una especie de sala de estar donde doctores, enfermeras y cirujanos realizan sus descansos. Leyendo un libro en una mesa redonda hay un hombre de espaldas anchas y piernas largas que al verlos sonríe. El cirujano se acerca al doctor y le da un abrazo.
- ¡Tío! Me alegro de verte por fin por aquí. ¿Cómo estás?
- Bien, bien. – Dice el doctor. – Estoy con el caso de la niña del corazón.
- ¿Ya estás trabajando? Bueno, espero que sea porque te has recuperado del todo. – Como si hubieran aparecido por sorpresa, el gran cirujano dirige su mirada a los padres de la niña. – Perdonen por mi falta de profesionalidad. Supongo que sabrán que seré yo el que… - Los padres asienten sin decir palabra, pero con una sonrisa. – No se asusten por mi tamaño, mis manos son muy delicadas. Me entreno cada día tocando la guitarra. Lo haré lo mejor posible…
***
La pequeña Clara no siente miedo por aquél inmenso hombre, de hecho por alguna razón cree que puede ayudarlos.
- ¿Sabes cómo salir de aquí? El pajarito y yo estamos perdidos. Echamos de menos a nuestras familias.
El gigante los mira extrañado.
- ¿Queréis salir de aquí? Pero si esto es genial. ¿No te has fijado en todas las golosinas que cuelgan de los árboles? Incluso el mar que esconde al sol es zumo de naranja.
- Pero yo… quiero ir con mi padre…
El pequeño pajarillo salta a su lado silbando de enfado, también quiere irse de allí.
- De acuerdo, voy a ver lo que puedo hacer…
El gigante empieza a mover la guitarra: dentro de su instrumento rebota algo y quiere sacarlo. Después de mucho insistir lo consigue. Lo pone en su mano y se lo enseña a Clara. Es una gema preciosa, roja como la sangre, que brilla intensamente y que deja a Clara y al pajarillo hipnotizados por un instante.
- Con esto uno de vosotros puede salir de aquí – Les dice el gigante. – Pero solamente uno. No tengo más gemas de estas.
***
En la cafetería, el doctor y los padres de la pequeña niña inconsciente toman un café esperando los resultados.
- Díganos la verdad, doctor. – Le dice el padre. - ¿Hay posibilidades?
- Siempre hay posibilidades, pero a veces el destino es muy caprichoso. El motor que me da la vida y que bombea mi sangre puede no funcionarte a ti por el simple hecho de que nuestros tipos de sangre no coinciden… Y aún si coincidieran no hay garantías de que el cuerpo de vuestra hija no lo rechace.
***
- ¿Lo rechazas? – El gigante sorprendido sostiene la gema delante de Clara, pero ella tiene al pajarito en sus manos y se lo ofrece al gigante.
- Sí. Yo acabo de llegar, pero este pajarito lleva aquí más tiempo que yo. Ya encontraré otra gema por ahí.
***
Una enfermera llega a la cafetería con una carpeta, se la entrega al doctor y éste la lee con mala cara.
- No son compatibles.
La madre de la pequeña llora en el hombro de su marido y él le da un beso en la frente consolándola. El doctor examina con detenimiento los papeles que acaba de recibir. Se levanta de la mesa y les dice:
- Voy a mirar una cosa. Si en diez minutos no he vuelto llamad a la enfermera.
***
El gigante aguanta con una mano el pajarito y con la otra la gema, cierra los ojos y los va acercando poco a poco. La gema brilla cada vez más y, cuando su luz es cegadora el pajarito desaparece.
- ¡Bien! Ahora vamos a buscar otra gema.
- Lo siento. – Dice el gigante triste. – Aunque la encontrases ya es tarde para ti. Tú ya no puedes volver…
La pequeña Clara cae al suelo, se sienta abrazándose las piernas flexionadas y llora desconsoladamente.
- Pero has sido buena. – Le dice el gigante con una sonrisa. – Lo que has hecho ha sido valeroso y tengo una sorpresa para ti.
***
La enfermera vuelve corriendo a la mesa de la cafetería y les pregunta a los padres de la niña dónde está el doctor. Le dicen lo que les ha dicho y ella les comenta que el estado de la pequeña ha empeorado, necesitan al doctor para saber qué hacer. Corriendo, llegan a la puerta de su despacho y lo encuentran tumbado en el suelo con la boca llena de espuma y una caja llena de pastillas. La enfermera grita pidiendo ayuda, pero ya es demasiado tarde. En la mesa hay una carta.
<<Queridos amigos, digo amigos porque creo que tenemos mucho en común: yo también tuve una hija que estuvo hospitalizada hasta hace poco. Rechazó la medicación que le iba a salvar la vida y murió irremediablemente.
No quiero que mi muerte sea en vano, he comprobado la compatibilidad de mi corazón con el de su hija y es positiva. No me lo agradezcan a mí, agradézcanselo a mi hija Clara, si ella no hubiera rechazado la medicación probablemente no me hubieran asignado su caso a mí y vuestra hija hubiera sido una paciente más.
Espero de corazón que la pequeña Paloma se recupere.>>
viernes, 24 de mayo de 2013
El relato de mi vida (parte 8, final)
Subí las escaleras maldiciendo todo lo que se
me ocurría. No quise llamar al inspector por si mi retraso tenía consecuencias
fatídicas. Llegué delante de la puerta dispuesta a echarla abajo pero estaba
abierta. Nerea estaba en el sillón del comedor tenía una cinta en la boca y
estaba atada con una cuerda en los tobillos y en las muñecas. Me abalancé sobre
ella para quitarle las ataduras.
- Quieto parado. – Giré la Cabeza. David
tenía en la mano un cuchillo de cocina de un palmo de largo. – Levántate y no
hagas ningún movimiento brusco.
Hice lo que me dijo. Levanté las manos
mostrando mi sumisión. Había leído mucha novela negra, sabía cómo hablarle a
los asesinos en serie. Pero David no era un asesino, era mi mejor amigo. Hice
memoria de los diálogos finales de todas las novelas y el asesino siempre acaba
muerto, yo no quería eso. Bajé las manos y sonreí.
- Vaya. Así que tú eras el asesino. Debí
imaginarlo. ¿Sabes a quien había puesto en el punto de mira? Al Artur. ¿Te
imaginas, irrumpiendo en su casa con todo el ejército de policías?
Reí. Reímos los dos.
- Vaya, te lo estas tomando mejor de lo que
pensaba. – Me dijo él sin bajar un milímetro el cuchillo. - Sabes lo que toca
ahora, ¿no?
- Supongo. El relato final. El gran “bum”. Mi parte de la herencia tiene como personajes
principales a un chico y una chica que se enamoran. Supongo que esta vez los
protagonistas somos nosotros. Nerea y yo.
- Exacto. Esto es lo que vamos a hacer: voy a
clavarte este cuchillo lo suficiente como para que te vayas desangrando poco a
poco y luego vas a escribir el último relato. El relato de tu vida. El
argumento será el siguiente: Los últimos pensamientos de un escritor antes de
que sus abras acabaran con su vida. Luego os mataré a los dos, y subiré el
documento al blog.
- David, ¿no hay otra forma de hacer esto?
¿En tu cabeza no hay un final feliz?
- ¿Final feliz? – Se rió con una sonora
carcajada. – Parece que no conozcas tus propios relatos, ¿en cuál de ellos hay
un final feliz? Vamos, me lo dijiste: vas acabar agradeciéndome todo esto,
hazlo ya. Toda la fama que vas a recibir, que estas recibiendo ya, no la puedes
conseguir de otra forma.
Noté cómo la expresión de mi rostro cambiaba
y mostraba mi enfado. Me ofendió bastante que dijera eso. Pero no debía dejar
que los nervios me dominaran. Le hice una petición:
- De acuerdo. David, te doy las gracias. La
verdad es que no puedo comparar la alegría de ver tantas visitas de lectores y
tantos comentarios con ninguna otra cosa. – Él asintió satisfecho. – Pero tengo
que pedirte una última cosa. Déjame despedirme de Nerea. Te lo agradecería.
- Lo veo justo, pero te aviso que si noto un
movimiento extraño será lo último que hagas.
Me giré, me saqué la mochila, la puse a su
lado y me arrodillé delante de ella. Le quité la cinta de la boca y la besé.
Luego le di un beso en la mejilla y le susurré: “Pistola, mochila”.
Me levanté y me dirigí con pasos lentos hasta
David, volví a levantar las manos. Él agarró el cuchillo con más fuerza y noté
cómo me lo clavaba a dos centímetros del ombligo.
- Has sido un buen amigo. – Le dije. En una
décima de segundó lo agarré del cuello con fuerza y giré ciento ochenta grados
hasta que quedó de espaldas a Nerea. Y grité: - Nerea, ¡Ahora!
Ella disparó y le dio de lleno a la espalda
de David. Yo, como estaba en contacto con él también noté la descarga. Creo que
me meé encima.
Me desperté en una camilla del hospital. En
la habitación estaba Nerea, el inspector y mis padres. Nerea se tiró encima de
mí, abrazándome, cuando me vio abrir los ojos, noté la puñalada y gemí de
dolor.
- Eres un suertudo. – Dijo el Inspector. – La
descarga eléctrica hizo que el cuchillo se calentase y cauterizó la herida, no
sangraste mucho. Eres un valiente suertudo.
- No vuelvas a hacer algo así, ¡Nunca! – me
dijo mi novia con los ojos cristalinos.
- Vaya, yo que quería tirarme encima de un
asesino armado mañana mismo. – Me reí. – ¿Cómo está David?
- Está bien, - Me respondió Segovia. - Él
recuperó la consciencia antes que tú, pero lo bastante tarde como para que a
Nerea le diese tiempo para llamarme y pudiéramos ir a arrestarle. Ahora le toca
ser guiado por los caminos de la justicia. Supongo que irá a la cárcel un
tiempo.
- Vaya… - Era un asesino, había matado casi a
media decena de personas, pero seguía siendo mi mejor amigo. ¿Ha dicho porqué ha hecho todo eso? ¿Qué lo impulsaba a cometer esos
asesinatos?
- Sí, nos dijo que tus relatos debían conocerse a toda costa, que él
era el único que podía ver la perfección en ellos.
-
Vaya… - Suspiré – No son tan buenos,
sólo son locuras que tengo en la cabeza… Supongo que él también tenía alguna
locura en la cabeza, en cierto modo todos estamos un poco locos, la cuestión
está en saber cómo controlarlo…Cuando me
recupere lo iré a ver.
El inspector se rascó la cabeza y bufó.
- ¡Una víctima que va a ver al asesino que ha
trastocado su vida y casi lo mata! Este caso ha sido de los más raros que he
vivido.
- Ya, - le dije – es un caso digno de que lo
escriba y lo suba a mi blog.
jueves, 23 de mayo de 2013
El relato de mi vida (parte 7)
- Oye, tengo que hacer una llamada. Toma
David, - le di el pendrive – sube tú el relato que quería subir yo hoy, hazme
el favor. Ya sabes cómo hacerlo, lo has hecho antes. Lo más probable es que me
vengan a buscar. – Me miraron con sorpresa – Os lo explicaré todo cuando vuelva.
Salieron del ascensor, yo me quedé y bajé.
Llamé rápidamente al inspector.
- Señor Segovia, - le dije en tono severo
- esto pasa por no explicarme desde el
principio todos los detalles de los casos. Las dos primeras víctimas, Cristian
y Benjamín, ¿las recuerda?
- Sí, claro. No te puedo explicar más
detalles porque estoy atado de pies y manos, ya lo sabes.
-
Tranquilo no hace falta, ya se los diré yo, los detalles. Estoy seguro
que los encontraron en un hotel, específicamente en el ascensor de un hotel.
- ¿Cómo…?
- Y apuesto lo que quieras que uno de ellos
llevaba una camiseta del Real Madrid.
- ¿Cómo has sabido todo eso? Es totalmente
secreto.
- Venga a buscarme y se lo diré.
Un coche patrulla vino a recogerme a los
pocos minutos en el portal del bloque de pisos de David. Cuando llegué a su
despacho no cabían formalidades, me preguntó directamente cómo conocía todos
aquellos detalles.
- Se lo contaré, incluso le diré quién es el
asesino. – Me miraba con sorpresa. – Cuando todo esto empezó, el día que los dos
agentes vinieron a mi casa a hacerme las preguntas me enseñaron una foto. En
ella salía la primera dirección web escrita con sangre en un espejo. Era el
espejo de un ascensor. Una de las víctimas era Cristian Ramírez, sus iniciales
son C y R, las mismas que Cristiano Ronaldo, por eso la camiseta del Real
Madrid. El otro se llamaba Benjamín, ese nombre lo he utilizado alguna vez como
seudónimo. Debí haberme dado cuenta antes. – Esto último me lo dije a mí mismo.
- ¿Qué me estas contando? ¿Cristiano Ronaldo?
¿Qué tiene que ver ese hombre contigo?
- ¡Todo! Hace tiempo hice un relato que se
titulaba El día que me quedé atrapado en
el ascensor con CR7. Lo sé, el título no deja lugar a misterios, pero da
igual.
- Pero ese relato no está en el blog. Lo
revisé cientos de veces.
- Ahí está el quid de la cuestión. Ese relato
lo escribí en el instituto y se lo entregué a Artur, mi profesor de filosofía.
- Entonces, ¿él es el autor de todos estos
crímenes? – Se quedó un instante pensando. - Bien, tenemos una prueba bastante
sólida. Tenemos que actuar con precaución. Esto será lo que haremos. Vas a
llamar a tu profesor. Vas a confirmar que sea él y le vas a decir que quieres
quedar con él lo más pronto posible. Cuando tengamos fecha, lugar y hora
decidiremos cómo actuar. Vamos allá.
Me dieron unos cascos que estaban conectados
a una máquina y ésta a su vez estaba conectada a mi móvil. Aquel aparato
grababa las conversaciones telefónicas con mucha nitidez, según me explicaron.
Hicimos la llamada y al segundo tono contestó.
- Hola, buenos días, ¿Quién es?
- Artur, soy Efraín.
- ¡Hey! Buenas, ¿Qué tal va todo?
- Bien, bien. Quería comentarte una cosa.
¿Recuerdas aquél relato que te di cuando iba a bachiller? Lo necesito,
¿podríamos quedar para tomar un café y me lo devuelves?
- ¡Anda! Es verdad, no lo recordaba. Aun no
lo he leído. – Todos lo que estábamos presentes en la sala nos quedamos
sorprendidos. – Lo siento, he estado muy liado. Ni siquiera sé dónde lo tengo.
¿No tienes más copias?
Miré al inspector Segovia con cara de
confusión, no sabía qué hacer o decir. Él me hizo una señal para que cortara.
Me despedí de él y colgué. No podía ser, ¿alguien había robado el relato?
¿Desde cuándo llevan planeando esta serie de crímenes? El inspector me dijo que
seguirían buscando, que les había dado mucha información. Me dieron las gracias
y me llevaron de vuelta a casa de David. Cuando salí del coche recibí un
mensaje. Era de David.
Mi parte de la
herencia.
Ese era otro de mis relatos. ¿Por qué me lo
enviaba? Entonces comprendí. David ya me había subido alguna vez algún relato
al blog. Él conocía el relato del ascensor. Él me conocía a mí, era de las
personas que más sabían de mí. Y ahora estaba con Nerea.
miércoles, 22 de mayo de 2013
El relato de mi vida (Parte 6)
El inspector y yo salimos del coche y
entramos al centro. Le enseñó la placa a la recepcionista y fuimos habitación
por habitación buscando a Ainhoa. En una de las habitaciones encontramos a los
componentes de su banda.
- ¿Dónde está Ainhoa? ¡Dilo! – Le dijo a uno
de ellos apuntándole a la cara con la pistola.
- ¡Tranquilo tío! Acaba de ir al lavabo.
Salió de allí corriendo, yo le seguía por
donde iba. Cuando estuvimos a punto de entrar en el servicio de mujeres oímos
un grito. Provenía de las escaleras que conducían al almacén subterráneo.
Corrimos aún más rápido. El inspector abrió la puerta del almacén de una
patada. Aquel lugar era enorme y oscuro, las luces no funcionaban, la única
fuente de luz eran las bombillas de la luz de emergencia. Nos adentramos
intentando adaptar la vista a la oscuridad. El almacén estaba lleno de cajas,
maniquíes, altavoces… De repente se oyó un golpe, sonó como algo metálico
contra una cabeza. El inspector gritó “¡alto, policía!”, pero realmente no
sabía de dónde había procedido aquel sonido. Instantes después se escuchó
claramente una puerta cerrándose. No había sido la puerta por la que habíamos
entrado, había otra, probablemente una salida de emergencia. Nos dividimos, yo
encontré a Ainhoa, estaba tendida en el suelo, con una brecha en la frente,
pero viva. Cogí mi teléfono y llamé a una ambulancia.
- ¡Efraín, he encontrado la salida de
emergencia, voy a buscar al asesino!
Contesté con un “Vale” gritado al aire y
escuché otra vez el ruido de la puerta de emergencia cerrándose.
Saqué a Ainhoa de allí, a los pocos minutos
vinieron los policías de refuerzo y la ambulancia. Se llevaron a Ainhoa, su
pronóstico no era bueno. Me quedé en el coche patrulla con Nerea y le conté lo
que había pasado. Ella no había visto nada. Al poco rato volvió el inspector con
cara de pocos amigos. Nos dijo que desde el primer momento que salió de allí no
sabía para dónde dirigirse, estuvo dando palos de ciego hasta que lo dejó.
Hicieron preguntas a todas las personas que estaban allí, nadie vio nada fuera
de lo normal.
- Mucha gente pasa por aquí todos los días,
yo solo estoy para controlar al personal y dar información de los eventos que
se van a hacer. - Dijo la recepcionista.
- Pero las habitaciones y las aulas de este
sitio tienen que reservarse, ¿no? ¿No hay una lista de nombres? – Preguntó el
inspector.
- Sí, pero con que una persona pida hora es
suficiente, luego se añaden tantas personas como quieran, y de esas no hacemos
ningún registro.
En definitiva, no teníamos nada. De hecho,
teníamos menos que las veces anteriores: al asesino no le dio tiempo ni de dar
una pista sobre su siguiente paso tal y como acostumbraba.
- Por lo menos esta vez no ha muerto nadie. –
Dijo Nerea.
Tenía razón y lo mejor era que Ainhoa tenía
que haberle visto la cara a su agresor. Llegamos a casa y dormimos después de
aquel largo día. Pensé que con tantas emociones no podría conciliar el sueño,
pero estaba agotado y al cerrar los ojos me quedé frito. Debía subir otro
relato al blog, pero ya lo haría cuando tuviese tiempo. Al día siguiente quedé
con David. Mis padres no estaban y no quise despertar a Nerea, que dormía
plácidamente. David era mi mejor amigo, pero a veces lo apreciaba como un
paciente aprecia a su psicólogo
Le conté todo lo sucedido, de la manera más
resumida posible. Él me escuchó el rato que estuve hablando con la mirada
atenta.
- Parece que lo estás disfrutando. - Me dijo cuando acabé de hablar.- Esto va a
darte mucha fama. Lo sabes ¿no?
- Si, pero no pienso en eso, lo importante es
atrapar al asesino.
- Ya claro. – Me dijo de manera poco
convincente – Dime que esta mañana, al despertarte no has mirado las visitas de
tu blog.
Me quedé un instante en silencio. Me había
atrapado, me conocía bien. Lo primero que hice cuando cogí el ordenador esa
mañana era observar la cantidad de gente que, gracias a los asesinatos, había
entrado a echarle un ojo a mis relatos. Realmente disfruté viéndolo. Era
paradójico, me sentía mal conmigo mismo por sentirme bien conmigo mismo. Estaba
torturándome por dentro.
- Mi miedo más grande es que, si todo esto me
da popularidad, pueda yo llegar a creer que le debo algo a ese mal nacido.
Además, hay más en juego de lo que pensaba. No solo por eso sino porque ya no
sé quién puede estar en peligro por mi culpa.
- Va, no te preocupes, vamos a mi casa y
echamos unas partidas a la Play.
Accedí, pero primero pasamos por casa a buscar a
Nerea, no quería dejarla sola después de todo lo que había pasado. Cogí mi
mochila y vi que aún llevaba la pistola de electroshock, la llevé conmigo para
estar más seguro. Puse el nuevo relato que tenía preparado en un pendrive, lo
subiría al blog cuando llegara a casa de David. Fuimos hasta el edificio dónde
vivía David y picamos al ascensor. Nos subimos y, sumergido en mis
pensamientos, me puse a exhalar en el espejo del ascensor y hacer dibujos. Una
bombilla del tamaño de una catedral se encendió en mi cabeza. Había resuelto el
caso. O casi.
martes, 21 de mayo de 2013
El relato de mi vida (Parte 5)
Entramos a la charcutería del mercado. Aquel
sitio me traía recuerdos, había sido mi primer lugar de trabajo. Cruzamos la
trastienda hasta llegar al patio interior. Allí estaba el cuerpo de un chico
con los complementos de su lugar de trabajo: un delantal manchado y un pañuelo
de pirata en la cabeza. Lo habían apuñalado. A su lado había un cocodrilo… de
peluche. El asesino se estaba riendo de nosotros. Todo nuestro esfuerzo lo
habíamos volcado a arrestar al comprador del cocodrilo y luego va y utiliza uno
de juguete. Me acordé de la rabia que el inspector guardaba y dirigí mi mirada
hacia él. Sus ojos estaban observando la pared que limitaba el patio, en ella
habían escrito, con sangre, otra dirección web que enlazaba a mi blog. Esta vez
estaba a ojo de todos, ya que a través de la valla que delimitaba el patio se
podía ver la calle y estaba llena de curiosos que sacaban fotos con sus
móviles. El inspector Segovia cogió su teléfono móvil y escribió la dirección de
enlace en el navegador.
- No funciona. Me da error todo el rato. – me
pasó el móvil. – Inténtalo tú.
Cogí el aparato pero no tecleé la dirección
que estaba puesta, fui directamente al blog. En la pantalla de inicio pulsé en
el en los enlaces de los relatos que no había utilizado aun el asesino.
Coincidía con uno. Casi.
- Mira, es la misma dirección que el relato Tal y como son las cosas, pero no está
bien escrito, en medio ha escrito un 47.
- ¿47? – Se extrañó el inspector – ¿Ese
número te dice algo? ¿Algo que recuerdes? – Negué con la cabeza. – Vaya, no
tenemos nada.
- Déjame el móvil. – Dijo Nerea. Lo hice.
- Mira detenidamente el escenario sin tocar
nada antes que vengan los que empiezan a fotografiar y catalogar todo.
¿Reconoces a la víctima?
Estaba a punto de contestar que era uno de
mis antiguos compañeros de trabajo cuando Nerea me interrumpió con la voz rota.
- Creo que tengo algo. – El inspector y yo nos
acercamos a ella – He contado las palabras del relato, la número cuarenta y
siete es “ya”.
- ¿”Ya”? – Dije extrañado. Entonces una idea
vino a mi cabeza – Mierda.
- ¿Qué pasa? – Dijo el inspector.
- ¿No lo entiendes? El próximo asesinato es
“ya”. Lo está haciendo ahora mismo.
- ¡Jolines! Va, piensa, ¿Cuál es el argumento
del relato que ha puesto? ¿Qué va a hacer ahora? ¡Piensa algo! – La voz del
inspector me taladraba el cerebro.
- ¡Un momento! Déjame pensar… la historia va
sobre una niña que se llama Sofía. Pero no conozco a nadie que se llame así. Y
los escenarios son muy diferentes: una sala de conferencias, un comedor…
- Oye, - dijo Nerea – esa tal Sofía tocaba un
violín al final del relato ¿verdad?
- ¿Un violín? – Entonces vi la luz al final
del túnel – ¡Claro! Tenemos que encontrar alguna chica que toque el violín.
- Hay un montón de gente así. ¿Cómo la vamos
a encontrar?
- Piensa que la víctima ha de ser alguien de
mi entorno, y que cualquiera la pueda encontrar alguien de su perfil visitando
mi rastro por internet. Una vez canté toqué una canción con una chica en la
radio y lo subí a otro de mis blogs. Esa chica toca el violín y canta en un
grupo. Y ahora está en peligro, por mi culpa.
- Calla, no te mortifiques. Tenemos que
movernos cagando leches. ¿Quién es esa chica?
- Ainhoa. Se llama Ainhoa, iba conmigo a
bachiller.
- Pues ya la estas llamando y diciéndole que
se meta en su cuarto y cierre con llave. ¡Vamos!
Nos subimos al coche lo más rápido que
pudimos. Intenté llamarla pero no cogía el teléfono. Fuimos a su casa y su
madre nos comentó que en ese momento no estaba allí. Había ido a ensayar a una
sala del centro joven que proporcionaba el ayuntamiento a los grupos de música
noveles del pueblo. Ya que íbamos a entrar por calles peatonales el inspector
puso la sirena. La mezcla entre ruido de la sirena y tensión por la escena que
estábamos protagonizando me aceleró el corazón, notaba como impactaba contra mi
pecho desde dentro.
Llegamos al lugar. Los refuerzos que habíamos
pedido por el camino no habían llegado aún y teníamos prisa. El inspector abrió
la guantera y sacó una pistola, me la dio.
- Toma. No te emociones, es de las aturdidoras.
Si aprietas el gatillo disparará unos finos cables con anzuelos en los extremos
que le darán una descarga eléctrica a quien estés apuntando. – Se dirigió a
Nerea. – Ponte en el asiento del piloto y cierra por dentro. Si ves salir a
alguien sospechoso aprieta el claxon y vendremos. ¡Vamos!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
