¡Buenas! ¿Me habéis echado de menos? No lo dije pero estoy de vacaciones. Sigo escribiendo, pero no son cosas para el blog, son relatos para concursos u otros proyectos, el blog lo retomaré en septiembre.
¿Cómo van vuestras lecturas veraniegas? Yo ya llevo unas cuantas:
"Deja en paz al diablo" - John Verdon
"Fundación" - Isaac Asimov
"El misterioso caso de Styles" - Agatha Christie
"Bóvedas de acero" - Isaac Asimov (en proceso)
¿Ya los habéis leído?
¿Qué estáis leyendo?
Pronto os diré como conseguir un ejemplar de "El relato de mi vida" a través de internet
Un saludo y ¡A leer que son dos días!
miércoles, 14 de agosto de 2013
lunes, 8 de julio de 2013
Monjas cuestionables (1a parte)
El convento de “Nuestra señora del cerro” vivían una
treintena de monjas cumpliendo sus votos sin ningún percance. Su rutina las
mantenía vivas y ocupadas. No podían ser más felices. Aun así había algo que
perturbaba a la abadesa Teresa (o como comúnmente se conoce, la madre
superiora): iban acerrar el convento. La principal fuente de dinero que
mantenía el lugar abierto provenía de una mensualidad que la Orden de
Administradores de Encuentros Católicos les entregaba cada mes.
-…Pero “Nuestra Señora del cerro” es un convento poco
significativo que debemos cerrar, es un gasto innecesario, hace años que no se
organizan reuniones allí. – Le comunicaba fray Marcos – sabe que los tiempos de
crisis que estamos pasando son muy duros…
-No me venga con excusas, nunca ha faltado dinero. ¿Por qué
nos cierra? – La superiora Teresa era inteligente, muchos habían intentado
tomarle el pelo antes sin conseguirlo, es más salían mal parados – Dígame la
verdad, nuestro Señor sabe que si miente lo sabré.
Fray Marcos suspiró con fuerza, era lo equivalente a un
becario en prácticas, deseoso de entrar en la orden de los Clérigos regulares
pero de momento sólo le daban trabajos desagradables como el que estaba
ejecutando y si preguntaba por su importancia siempre le decían: “Ninguna obra
es pequeña bajo los ojos de Dios”. Fray quería saber si iba a ser Dios el que
le daría un aumento. Le faltaba la chispa de astucia necesaria para saber cómo
manipular a la gente así que, cuando la abadesa le pidió la verdad se la dijo
sin pensarlo dos veces.
-El ayuntamiento Falguera, donde estáis, ha ofrecido una
oferta suculenta a mis superiores para echar abajo el monasterio sin hacer
preguntas. El rumor dice que estás geológicamente bien localizadas en el pueblo
y que ocupáis un lugar que se podría aprovechar mejor. No lo han pensado mucho:
no guardáis reliquias ni tenéis un valor histórico, así que…
-¿Cuánto?
-¿Perdone?
-¿Cuánto le ofrece? Lo doblo.
Fray Marcos hizo un ruido seco que se interpretó como una
risa con desgana.
-¿Cómo? ¿Vais a hacer un mercado especial de bollería?
¿Tenéis ahorrado suficiente de las ventas de manualidades como para parar un
ataque como ese?
Hubo un silencio. La Abadesa Teresa apretaba la mandíbula,
lo hacía siempre que analizaba algo con fuerza para buscarle solución. Se
apretó los ojos con el índice y el pulgar. No sabía qué hacer, estaba atrapada.
-Déjenme unos días para reflexionarlo. Por lo menos déjenme
hablarlo con mis hermanas. Dígales a sus superiores que encontraremos una forma
de arreglarlo.
Se despidió y colgó el teléfono. Era tarde y se sentía
cansada. Quería dormir antes de seguir pensando en ello, probablemente por la
mañana lo vería desde otra perspectiva. Se fue a la cocina a buscar un vaso de
agua, de camino encontró a Sor Cándida, era una señora muy mayor, casi senil y
arrugada como una pasa en el desierto. Era de aspecto cuco, su pequeña altura
le daba un aire inofensivo y en su cara tenía dos ojos azules cristalinos que,
cuando hablabas con ella y te miraba, sabías que no te entendía. Se pasaba el
día viendo la tele si no estaba en la cocina haciendo los mejores dulces de
yema de cualquier convento. A esas horas sólo hacía zapping hasta que se
quedaba dormida y la madre superiora iba a buscarla.
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“Los libros que la modelo Alba Nowakis ha leído…”
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martes, 2 de julio de 2013
¡Ganadora!
Y aquí está la ganadora del sorteo luciendo su premio. Pronto os diré cómo podréis conseguir un ejemplar de "El relato de mi vida". Y quien sabe... a lo mejor vuelvo a hacer un sorteo dentro de un tiempo.
¡Muchas felicidades!
Cuando lo dejes ir (2a parte)
Sara no sabía por qué Cristian no había ido a clase.
Supuso que se había quedado dormido. Sonreía al pensar que probablemente se
había acostado la noche anterior con la chaqueta puesta y que con el calor no
había podido dormir. Ese pensamiento la hizo relajarse y sacó los apuntes, la
clase empezó. Normalmente las clases de Literatura eran aburridas: el profesor
era un sexagenario que se plantaba delante de la pizarra y recitaba las clases
como un radiocasete viejo y rallado. Pero aquel día la clase tuvo una serie de sorpresas
inesperadas. Para empezar la silla del profesor se arrastró unos metros sin que
nadie la empujara. Los alumnos se extrañaron, algunos empezaron a tener miedo.
El rotulador rojo de la pizarra magnética levitó y escribió, bajo los atentos
ojos de los presentes, la palabra FUERA. Al principio nadie supo qué
significaba, pero todos lo entendieron cuando un golpe en la ventana resonó por
todo el aula. El profesor exclamó, como si se acabara de despertar:
-¡Vamos, todos fuera!
Apelotonándose en los pasillos creados por las mesas
de la clase, los alumnos salieron con dificultad del aula. Sara no. A Sara una
voz que provenía de ningún sitio le dijo “Quédate”. Cualquiera hubiera pegado
un salto del susto, pero Sara reconocía aquella voz. De hecho la tranquilizó y
ella obedeció la orden. El profesor salió del aula, se giró y vio a Sara
sentada aún en su pupitre, fue a buscarla pero la puerta se cerró como con un
golpe de viento. No fue un golpe de viento: el viento no gira las cerraduras de
las puertas.
Sara estaba inmóvil, sentada en su pupitre esperando
que aquella voz volviera a hablarle. Quería que aquella voz volviera a
hablarle. Vio una silueta en el lugar donde unos instantes atrás su profesor
recitaba la clase del día. Lo reconoció enseguida: era Cristian con su chaqueta
nueva. Se levantó, tenía un mal presentimiento, una vocecita le decía que algo
andaba mal pero por otra parte estaba contenta de poder ver a su novio.
Entonces se dio cuenta, podía ver las letras de la pizarra a través del cuerpo
semi-transparente de su novio. Se tapó la boca por la sorpresa.
-¿Cri…Cristian?
La figura se giró lentamente sin mover ni un músculo,
como si estuviera encima de una plataforma giratoria. Efectivamente era
Cristian pero su cara tenía una expresión de tristeza que Sara no había visto
nunca. Siempre que Cristian estaba cerca de su novia no podía dejar de sonreír.
Era más un gesto incontrolado que una expresión voluntaria, siempre sonreía con
ella. Pero no esta vez. Tenía los ojos hundidos en unas ojeras oscuras. Como si
hubiera llorado tanto como para no dormir tres días seguidos. Levantó la mirada
y la vio. Su cara intentaba reproducir la sonrisa involuntaria pero no podía.
-Sara… Tienes que ayudarme.
lunes, 1 de julio de 2013
Cuando lo dejes ir (1a parte)
Cristian se sentía afortunado. Su novia Sara lo
quería y él lo sabía. Tenían la suerte de verse cada día en el instituto donde
cursaban bachillerato. El día anterior ella le había dado un regalo de
aniversario adelantado: una chaqueta de jugador de rugby, de aquellas típicas
de las películas americanas que llevan los más populares. Era roja con las
mangas blancas: exactamente la misma que habían visto unos meses atrás en un
escaparate de su ciudad. Cristian la lucía aquella mañana con orgullo, no sólo
por saber que le quedaba bien, sino porque que aquello representaba, de alguna
forma, que su relación iba bien.
Se subió al autobús como todas las mañanas pensando
qué podía regalarle a Sara, tenía un par de días antes de que cumplieran su primer
año y su regalo debía ser tan genial como el que había recibido. Se sentó en el
mismo sitio de siempre esperando que el jefe de estudios de su instituto no lo
viera, ya que solían coger el mismo bus y si se sentaban juntos no paraba de
hablar. En la parada siguiente, antes de coger la autopista se subió un
hombrecillo con una gabardina que le llegaba a los pies. Era calvo y encorvado.
Parecía que sostenía una cosa debajo de la gabardina que llevaba. Sudaba mucho
y se puso muy nervioso cuando el conductor le llamó la atención cuando se dejó
el ticket del viaje. Levantaba la cabeza como buscando a alguien y se sentó al
lado de Cristian. A éste le pareció graciosa la manera en que aquel hombre
actuaba. El bus arrancó y sobrepasó un badén bruscamente, en ese instante la
gabardina de su acompañante se abrió un poco y dejó ver lo que llevaba debajo.
Cristian vio el cargamento de dinamita y abrió los ojos sin poderlo disimular,
el hombrecillo observó la expresión del chico y se tapó rápidamente. Cristian
empezó a negar con la cabeza, pero las palabras se le escapaban.
-No, no, no. ¡NO! No voy a morir aquí ¿Me oyes?
- Cállate – le respondió aquel hombrecillo.
-¡Este hombre tiene una bomba!
Los pasajeros empezaron a murmullar. Cristian le dio
un empujón a aquel hombre y lo lanzó al pasillo de autobús.
-¡No nos vas a matar, cabrón! ¡Sal de aquí!
El hombrecillo abrió la gabardina y todos pudieron
ver lo mismo que Cristian había visto unos segundos antes y además una pantalla
con una cuenta hacia atrás que marcaba solamente ocho segundos.
-Demasiado tarde – dijo el hombre con una sonrisa.
-¡No! ¡No voy a morir aquí! – Cristian fue a darle un
puñetazo como si así pudiera detener la bomba. No llegó a tocar la cara del
hombrecillo, la bomba estalló antes.
domingo, 30 de junio de 2013
Y el ganador es...
Hoy era el día en que finalizaba el sorteo del libro con los primeros 9 relatos del blog más uno inédito. ¡Gracias a tod@s por la participación pero sólo podía haber un ganador. En este caso ha sido ganadora:
Noelia Jenifer Banchero
¡Muchas felicidades! Espero que lo disfrutes. A los demás os deseo más suerte la próxima vez, cuando haga otra recopilación con los siguientes relatos. ¡Estad atentos!
¡A leer, que son dos días!
sábado, 22 de junio de 2013
Mi segunda parte de la herencia (3a parte, final)
-¿Abuelo?
En una de las mesas, jugando a póquer, mi abuelo me mira. Su expresión
cambia de sorpresa a confusión, pero luego se pone a reír.
-¿Ya la has liado? – Yo también empiezo a reírme, él se levanta - ¿Me has
echado de menos?
-No te emociones, viejo. Que no estoy aquí por ti. – Su aspecto de
anciano que tenía antes de irse no ha cambiado, pero su porte es joven y
desprende vida, valga la ironía.
Nos damos un abrazo. Volver a notar su olor y su fuerza rodeándome me da
paz. Me sacude el pelo tal y como le gustaba hacer antes de morir. Es él. Se me
escapa una lágrima.
-Cabrón – le digo riendo y llorando – te fuiste y me dejaste con todo
este lío. – Él me mira con condescendencia.
-Ya, lo siento, pero no podía hacer nada. Tenía prohibido contárselo a
nadie. Pero ahora estamos los dos aquí, puedo explicarte lo que quieras, a eso
has venido ¿no?
-Je, pues la verdad es que no, para nada. – Me mira confuso – Vengo a
buscar a la primera enviada. Quiero que tenga una segunda oportunidad, igual
que ella, - señalo a la chica pelirroja – Creo que este trabajo…
-¿Perdona? – La nueva enviada me interrumpe cogiéndome del brazo. – Yo no
quiero una segunda oportunidad. Quiero morir.
Lo que acaba de decir me descoloca por completo. ¡Les estoy haciendo un
favor!
Entonces lo recuerdo. Cuando a la primera enviada le expliqué lo que
había heredado me besó. Ella sabía que si lo hacía podría completar su viaje.
Una parte de mí no quiere entenderlo. Una parte de mí está convencida que lo
que quiero hacer es lo mejor, las chicas se merecen otra oportunidad. Pero otra
parte de mí sabe que no es lo que ellas quieren, su deseo es dejar el mundo de
los vivos sintiéndose completos. Miro a mi abuelo, me sonríe.
-Me recuerdas tanto a mí de joven… - me dice – La herencia que acabas de
recibir no es completa si no entiendes esto: todas las chicas que te enviarán
merecen haber tenido una vida completa, pero ya están muertas. Ya no pertenecen
a tu mundo. Por eso sus familiares y conocidos no la reconocen, porque no son
las mismas.
Miro a la chica, a la segunda enviada.
-Pensaba que me acompañabas porque me apoyabas. – Le digo. Ella me dedica una sonrisa
triste.
-Lo siento pero te he acompañado porque, desde el momento que me explicaste
por qué había aparecido en tu casa y tu intención de ir a buscar a la otra
chica, supe que debía venir contigo para que mi último deseo se cumpliera. – Me
abraza, me besa la frente – Gracias por todo.
Desapareció. Una tarjeta ocupa su lugar. La cojo.
Objetivo:
Vivir
una aventura
Cumplido
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