viernes, 17 de mayo de 2013

El relato de mi vida (Parte 3)


En ese instante me dio un mareo, me senté donde pude. Un montón de cosas me vinieron a la cabeza de golpe: Esto es más serio de lo que pensaba, hay gente muriendo por mi culpa, ¿es mi culpa? Yo solo escribo relatos que nadie lee, si hay otra dirección van a haber más víctimas, ¿Quién está haciendo esto? ¿Porqué?...
El inspector me dio un vaso de agua. Sin reparo dijo:
- Han dejado otra dirección que enlaza con otro relato tuyo.
- ¡Mierda! – Exclamé – Mierda, mierda, mierda…
- Esta vez enlaza con un relato titulado Lágrimas de cocodrilo, ¿te suena?
- Claro que me suena – le dije con un poco de altivez – lo he escrito yo. Es de los que menos han gustado y de los últimos que he escrito.
El inspector se arrodilló delante de mí para tener los ojos a mi nivel. Me miró fijamente. Yo me sentía cada vez peor.
- Bien, chaval. Esto va en serio. Tenemos un asesino en serie que escoge las víctimas inspirándose en tus relatos. Te toca actuar. Piensa cómo, dónde y cuándo podría dar el próximo paso. Eres la clave de este entresijo.
Le vomité al pobre hombre en sus zapatos. No sé si dijo aquello para motivarme o para que reaccionara, pero me sentó como una patada en el estómago. Se levantó y se fue a la fuente del patio del instituto. Echar la pota me sentó bien. Cogí el vaso con agua, me enjuagué lo boca y me dirigí a la víctima que yacía en el suelo. Un policía me dio unos guantes para que no contaminara las pruebas. Me puse uno y lo primero que hice fue intentar mover la cabeza de aquel cuerpo para poder verle la cara y reconocerlo.
- Sé quién es. – Le dije al inspector cuando volvió de la fuente. – No sé cómo se llama ni a que curso va. Pero lo reconozco. En Sant Jordi el instituto organiza unos talleres a los que los alumnos se pueden apuntar libremente. Yo llevo haciendo el taller de dibujo y cómic dos años seguidos y este chaval ha venido ambas veces. Dibujaba muy bien.
- ¿Estás insinuando que la persona que lo empujó desde la ventana sabía que lo ibas a reconocer? ¿Qué escogió a este chico deliberadamente?
- Es una posibilidad. Si no, es mucha coincidencia. También estoy pensando otra cosa…
- Dime todo lo que se te ocurra, por muy estúpido que creas que es. No te lo quedes.
- Si la persona que hizo esto va a seguir el modus operandi creo que sé dónde va a volver a actuar. El relato de Lágrimas de cocodrilo ocurre en un mercado, concretamente en una pollería.
- ¿Crees que podría actuar en el mercado de aquí, de Esparreguera?
- No, en el de Martorell. – El inspector me miró extrañado – El relato de Súper día sucede, entre otros sitios, en un instituto. Y el asesino ha escogido, entre los tres centros de este pueblo el lugar donde yo estudié. El próximo relato tiene su escenario principal en un mercado, pero yo me inspiré en el mercado de Martorell, donde estuve trabajando durante medio año, no en una pollería, sino en una charcutería.
- Perfecto, montaremos guardia allí. ¿Algo más?
Miré el cuerpo de la víctima una vez más a ver si daba la casualidad de que me volviese la inspiración, pero solo me llenó de una profunda tristeza ante la mirada de esos ojos sin vida. Luego miré al gato que tenía a su lado y pensé en algo.
- ¡Cocodrilo! En el siguiente relato hay un cocodrilo. Si el asesino va a actuar de la misma manera estoy 100% seguro que necesitará un cocodrilo. No debe ser fácil comprar un cocodrilo en España, ¿no?
- Bien pensado. – Por primera vez vi al inspector sonreír. – Vamos a comisaría a hacer el informe.
Volvimos a subirnos al coche de policía. Cuanto más tiempo pasaba me encontraba mejor y más entusiasmado. Aún así recordé un cabo suelto que tenía en mente y que no resolví la primera vez que vino la policía a casa.
- Por cierto. Cuando vinieron los dos agentes a casa la primera vez no quisieron decirme los detalles del primer asesinato. Aquellos dos chicos, Cristian y Benjamín, ¿dónde fueron asesinados?
El inspector Segovia refunfuñó un poco entre dientes.
- Realmente no podemos contarte nada. Ocurrió en un lugar privado, propiedad de alguien con mucho dinero, tanto, que ha pagado a nuestros superiores para que tengamos la boca cerrad durante la investigación. Por mucho que nos estés ayudando sigues siendo un civil y no podemos decirte nada.
La palabra “civil” me sonó casi ofensiva. En aquel momento tenía que callar y obedecer, pero si pillábamos al asesino exigiría que me lo contasen. La curiosidad me mataba por dentro.
Llegamos a la comisaría, aunque podía pasar como una oficina estándar de cualquier empresa: estaba llena de ordenadores, papeles, gente encorbatada… Nos llevaron a una sala que tenía tintes de aula escolar: una pizarra, pupitres y una única mesa larga era lo que la llenaba, aparte de un plasma en una pared. Nos dijeron que esperásemos allí. Cogí el mando del televisor y lo encendí buscando un canal con noticias. Lo encontré. En los 20 minutos que duró nuestro viaje a la comisaría ya se habían movilizado decenas de periodistas en el lugar del crimen.
- Un espantoso asesinato rompe la tranquilidad de los vecinos de Esparreguera – decía la reportera. – fuentes informan que la víctima…
- ¿No estarás esperando que digan algo de tu blog? Mala persona…  – Dijo Nerea detrás de mí.
- ¡Por supuesto que no! – Por supuesto que sí. Era la única razón por la que había encendido el televisor.

jueves, 16 de mayo de 2013

El relato de mi vida (Parte 2)


No dijeron nada en ningún telediario de ningún canal. Ni ese ni los siguientes tres días después de la visita. El fin de semana lo pasé con Nerea, mi novia. Le expliqué lo que había sucedido. Ella se mostró más interesada que yo sobre ese suceso. Íbamos a dar un paseo por Barcelona, pero cuando le comenté lo que había pasado quiso cancelar los planes.
- ¿Cómo? ¿Quieres que hagamos una investigación nosotros?
- ¡Claro! – Me dijo entusiasmada – Lo que ha pasado te afecta bastante como para que te llamen cada día por si se te ocurriera algo o, por lo menos, para que te lleven al lugar de los hechos por si puedes averiguar algo. Ya que no lo hacen busca por tus propios medios. Indaga quién pudo ser y porqué lo hizo.
No era mala idea. Fuimos a su casa y nos conectamos con su portátil a mi blog: era el sitio más lógico por el que empezar. Como de costumbre no había ningún comentario en el relato Súper día.
- ¿Ahora qué? – Le dije. La verdad es que mi posición era bastante escéptica ante aquella situación.
- ¡Aquí! – Dijo señalando la pantalla. – Podemos mirar la procedencia de los visitantes.
- Sería buena idea, si no fuese por que cuando entro yo, que vivo en Esparreguera me localiza en Malgrat de mar. Vete a saber a cuantos quilómetros estoy yo de Malgrat de mar.
Me miró frustrada. Realmente le había roto parte de la ilusión. Ella estaba más ilusionada que yo en ese tema. Por lo menos hasta que recibí la llamada momentos más tarde. Una voz que desconocía me hablaba sereno pero con impaciencia por el otro lado de la línea.
- ¿Hablo con Efraín Pérez?
- Sí, ¿Quién es?
- Soy el inspector de policía Andrés Segovia. Tenemos que vernos ya. Es muy urgente.
-Es sobre el asesinato que hubo hace un par de días, ¿no? – Me temía lo peor: mi vida corría peligro y tendría que acoger otra identidad para protegerme. Nada más lejos de la verdad.
- De hecho, no. Ha habido otra víctima, en realidad dos. Y puede que el montaje del crimen te resulte familiar.
Un coche patrulla vino a buscarme a casa de Nerea, fuimos los dos al lugar donde el autor del anterior asesinato había vuelto a actuar. Era en mi pueblo, Esparreguera, concretamente en mi antiguo instituto, el lugar donde cursé mi educación secundaria. Todo el personal del centro y los alumnos habían sido evacuados y la zona estaba llena de cinta de la policía. En el patio, bajo una ventana abierta del segundo piso había un bulto tapado con una manta, supuse que ahí estaría la víctima. El coche aparcó de mala manera y el hombre con el que había hablado por teléfono se acercó a mí.
- Hola, Efraín, supongo. – Me tendió la mano. – Y esta chica es…
- Mi novia, Nerea – Nos dimos un apretón de manos, la piel de sus palmas era dura como el cartón.
- Os aviso, si sois muy sensibles con estas cosas no miréis. Quiero enseñaros el cadáver.
A mí me encanta la novela negra. Admiro a los detectives retirados que tienen que volver a desempolvar sus utensilios de investigación para resolver “el caso de su vida”, siempre han sido un ejemplo de intelectualidad para mí. Pero estar delante de un cadáver con el cráneo abierto te hace apreciar la vida tranquila que llevas como simple lector de libros. Cuando vi a aquel chico muerto supe porqué estaba yo allí.
- Al su lado – dije señalando el cadáver – tiene un gato muerto. Esto es como en el relato de Súper día que escribí. Es el relato que había en el enlace que escribió en el otro asesinato. Nos estaba avisando.
- Así es. – Dijo el Inspector Segovia. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

El relato de mi vida. (Parte 1)


- Es que a veces me pregunto qué tienen los demás que no tenga yo, ¿sabes? Me frustra mucho escribir semana tras semana y no tener más lectores de lo habitual. Sólo pido que me comenten los relatos, por lo menos.
- Te entiendo – David se llevó la taza de café a los labios y le dio un sorbo. Prosiguió – Tú no te desesperes, no escribes mal y lo que haces es interesante, pero necesitas un “bum”.
- ¿Un “bum”? – Le dije sonriendo.
- Sí, ya sabes, un relato de impacto. Muchos artistas tienen un montón de obras pero solamente son conocidos por una, la que causa más sensación, la que llega más a la gente.
- Te entiendo. – Tenía razón, necesitaba un gancho, un relato realmente bueno. Estaba pensando continuar Mi parte de la herencia, hacerle una segunda parte, probablemente dibujarle una ilustración.
Dejamos el tema rápidamente y hablamos de lo de siempre: videojuegos, cómics, antiguos profesores… lo habitual de cuando David y yo quedamos.
- Por cierto, - me dijo – ¿Artur te devolvió aquel relato? El del chico que se queda en el ascensor con Cristiano Ronaldo…
- No, ni espero que lo haga, le dije que se lo podía quedar.
Artur fue mi profesor de filosofía en bachiller. Algunos de los relatos que están publicados en el blog los escribí en esa época pero en aquel entonces escribía como terapia: muchos de los relatos me daban vueltas en la cabeza y “me pedían” salir de ahí, así que los ponía por escrito.
David me acompañó hasta casa, rechazó mi oferta de quedarse a cenar, cogió la bici y se fue. Yo comí un poco de pizza y me fui a la habitación. Miré las visitas del blog: seguían igual que cuando me fui. Le envié un mensaje a Nerea diciendo que tenía sueño y que no me iba a conectar, pero simplemente es que no tenía ganas de hablar.
El día siguiente me quedé en casa, no tenia clase a causa de la enésima huelga de estudiantes. Me levanté tarde y desayuné la pizza del día anterior. Aun no había dado el segundo mordisco cuando sonó el timbre de la puerta. Pensé que sería la cartera así que ni siquiera me preocupé por como llevaba el pelo o por ir en pijama. Abrí la puerta. Dos hombres con uniforme de policía me observaron. Más bien me analizaron con la mirada.
- ¿Esta es la residencia de Efrain Pérez?
- Es Efraín, con acento en la i. Y sí, soy yo.
- Somos el agente González y Pereira, de la policía de investigación. ¿Podemos hablar contigo?
La pregunta que hizo sonaba imperativa. Me mostró la placa, y les invité a pasar. Se sentaron en la mesa del comedor.
- ¿Quieren algo? Un café… Algo de pizza de ayer…
- No, estamos de servicio – Me dijo uno de los dos.
Me senté delante de ellos con mi desayuno a medio comer.
- Cristian Ramírez y Benjamín Castro. ¿Te suenan esos nombres? – me dijo tajante.
- No
- Los asesinaron ayer por la noche, - dijo, mientras me enseñaba unas fotos de aquellos dos pobres chavales – ¿te suenan estas caras?
- La verdad es que no, - le dije – además no soy muy bueno recordando rostros. ¿Por qué han acudido a mí?
Ambos se miraron, uno de ellos sacó del maletín que llevaba unas fotocopias que reconocí al momento: eran fotos de mi blog de relatos.
- El autor del crimen ha escrito con la sangre de las víctimas una dirección en la escena del crimen que nos ha llevado directamente a tu blog, concretamente a la página en la que publicaste un relato llamado Súper día.
- ¿En serio? – Me quedé perplejo – ¿Están seguro de eso?
- Totalmente seguros, como puedes ver en esta foto, no hay duda de que la dirección web se lee correctamente, y ya estarás familiarizado con ella.
Miré la foto detenidamente. En ella se apreciaba la dirección de mi blog escrita en un espejo, se podía ver al hombre que había tomado la foto apuntando con la cámara. Sin duda se leía sin dificultad el enlace.
- ¿Dónde está escrita? ¿Qué sitio es este?
Los dos agentes se volvieron a mirar.
- La cuestión es que de alguna manera estás relacionado con la escena del crimen. ¿Dónde estuviste ayer entre medianoche y las tres de la madrugada? – Siempre he querido que me hicieran esa pregunta, queda muy de película de detectives. Pero realmente no es nada agradable cuando te la hacen.
- En mi cama, durmiendo, como todo el mundo. – Le dije crispado
- ¿Alguien lo puede corroborar?
- Mis hermanos se quedaron hasta tarde jugando a la consola. La puerta es muy ruidosa al cerrarse, si alguien hubiera salido de casa lo habrían oído.
- De acuerdo. Aquí tienes nuestro número de teléfono. Si te viene alguna idea de porqué tu blog sale en la escena de un crimen llámanos. Te lo agradeceremos.
Se fueron de inmediato. Lo primero que hice cuando me dejaron solo fue poner la televisión, el canal de noticias 24 horas, a ver si hablaban del asesinato. A ver si me daban publicidad gratuita.

(Puedes leer Súper día aquí: http://olor-a-libro.blogspot.com.es/2013/03/super-dia.html )

martes, 14 de mayo de 2013

Lágrimas de cocodrilo (3a parte, final)


Los papeleos del juicio fueron rápidos. Una presunta violación y maltrato laboral, encima con testigos. Algo casi normal en el día a día de la justicia. Un actuado trastorno por shock delante del juez aumentó la sentencia. Kevin lamentaba no tener un par de años menos para que se sumara “abuso al menor” en el paquete de acusaciones. La indemnización que obtuvo fue descomunal y dejó a su jefe en la bancarrota, por no mencionar el desprecio social que sufriría él y toda su familia. Incluso recibió una carta de su jefe, escrita de su puño y letra pidiéndole que retirara los cargos. Pero Kevin no estaba satisfecho. A él no le interesaba el dinero, quería hundirlo de verdad, más si cabía. Quería que su jefe sufriera en sus carnes la sensación de impotencia que él había tenido. Para ello debía maquinar una jugada estratégica brutal, pero no tenía la capacidad mental suficiente. Necesitaba más de aquello que le había dado “sus nuevas habilidades”, tal y como él lo llamaba. En realidad sus nuevas capacidades intelectuales eran un efecto secundario del gas que le salvó la vida ante el cocodrilo monstruoso. Después del incidente con el cocodrilo capturaron vivo al monstruo y el zoo de la cuidad lo compró para exposición. La presión de la gente y el argumento por parte de asociaciones en defensa de los animales de que en manos del gobierno “aquel inocente monstruo” moriría sin remedio después de mutiladoras investigaciones hicieron que los responsables militares del cocodrilo lo donaran al zoo a regañadientes. A Kevin se lo habían puesto en bandeja. Se dirigió al zoo, allí fue directo al enorme y reforzado terrario que contenía a su antiguo conocido y sin pensárselo dos veces entró. Es curioso cómo las jaulas se preocupan de que ninguna bestia salga de su cautiverio pero no se preocupa de que alguien entre dentro. Se puso cara a cara con la bestia. La gente empezó a gritar y a ofrecerle una mano para salir de allí, pero ni Kevin ni el cocodrilo estaban escuchando. Kevin se aproximó a él, acercó la mano, le acarició el hocico y luego le abrazó su inmensa boca sin notar resistencia por parte de su descomunal amigo. Las personas que vieron la escena enmudecieron de la sorpresa. Kevin y el cocodrilo lloraron.
Toda la seguridad del parque zoológico se movilizó y anestesió rápidamente al cocodrilo. Sacaron a Kevin de allí. Vino la policía y lo interrogaron. Asociaron su acto de locura al trauma del juicio que había tenido. Al poco rato lo llevaron a casa.
Kevin tenía lo que necesitaba. Su segundo encuentro con su querido cocodrilo le había aclarado la mente y se puso en acción de inmediato. No durmió en toda la noche maquinando el plan, u “obra maestra”, tal y como lo llamaba. Estuvo escribiendo folios y folios, perfeccionando la nota que iba a darle por la mañana a su jefe, debía de quedar perfecta. Su inspiración residía en la carta que había recibido anteriormente pidiéndole que retirara las acusaciones.
Al día siguiente, el jefe de Kevin miró el correo y encontró un paquete, dentro había una botella de vino carísimo y una nota. La nota decía que quería pedirle perdón personalmente, todo lo que había ocurrido era una chiquillada en forma de cruel venganza y quería verle por la tarde en su lugar de trabajo. El pobre hombre sonrió e incluso se le escapó una lágrima. Celebró con su mujer el agradable giro de los acontecimientos y descorcharon la botella a la hora de comer. Por la tarde, antes de coger el coche para su cita llamó a su abogado y le dejó un mensaje en el buzón de voz: “Esta noche nos vemos, todo esto va a acabar muy pronto”. Subió al coche y se dirigió al lugar de trabajo. Se sabía el camino de memoria y el entusiasmo le hizo ir más rápido de lo normal pero, al pasar a través de un paso de peatones atropelló a alguien que había salido de la nada. Salió del coche a ver el estado de la víctima. Kevin estaba tendido en el suelo, le sangraba la cabeza y sonreía.
A su jefe se le cayó el alma a los pies. Llamó a la policía, no quería que lo acusaran de darse a la fuga después de todo lo que había pasado, pero los acontecimientos fueron peor de lo que se imaginaba.
Para empezar le hicieron pasar por el control de alcoholemia habitual y dio positivo, a causa del vino que había tomado al mediodía. El mensaje que le había dejado a su abogado poco antes en el buzón de voz fue utilizado en su contra para condenarle por asesinato con premeditación. Intentó probar su versión entregando la nota que había recibido pero no contenía huellas de Kevin, además, después de un estudio más exhaustivo, comprobaron que la letra de aquella nota coincidía con la letra del acusado. Cuanto más intentaba salir de aquel foso, más se hundía. La cárcel fue un destino irremediable.
Kevin estuvo en el hospital inconsciente durante tres días, al cuarto murió. Pero antes de morir su madre jura que dijo: “no me arrepiento de nada”.

domingo, 12 de mayo de 2013

Lágrimas de cocodrilo (2a parte)


Kevin se despertó en la cama de un hospital. Vio que en la puerta había un militar que, al verlo incorporarse en la cama, avisó a sus padres que estaban fuera de la habitación. Su madre entró y le abrazó con efusividad. Kevin no sintió nada. En teoría debía estar tranquilo, contento por estar vivo, o confuso. En su corazón sólo había odio. Su encuentro con la bestia lo había cambiado para siempre. El médico le había prescrito un par de semanas de descanso, ya que no sabía que efectos físicos podría tener aquel veneno que había inhalado. Pasó las semanas con el papeleo de la indemnización que iba a darle el estado por el accidente de la bomba de gas. Una indemnización que le arreglaría la vida durante muchos años. Por eso sus padres se sorprendieron al oír la decisión que había tomado: quería seguir trabajando en la pollería. Al principio los padres de Kevin pensaban que aún estaba bajo los efectos del gas pero dio buenas razones para seguir trabajando y sus padres no pudieron negárselo.
Dicho y hecho, el día siguiente de acabar las semanas de descanso recomendadas por el médico, Kevin volvió a su trabajo habitual. Su jefe le dijo que debía recuperar las horas perdidas, ya que durante su ausencia nadie había limpiado ningún rincón del establecimiento y le culpaba por las dos semanas de “vacaciones” que se había tomado. Kevin fue sin rechistar a limpiar cada rincón de la tienda. Su odio no creció en él, ya que Kevin no sentía otra cosa en su corazón y ya no le cabía nada más. Tenía preparada una venganza que le haría pagar por todos sus pecados.
Un lunes, Kevin se dirigió al mostrador, necesitaba la ayuda experta de su jefe para un asunto en la trastienda. El jefe accedió a regañadientes y Kevin le dijo que no sabía si las pechugas de pollo que había encontrado en el fondo de la nevera estaban malas o no. El jefe las cogió y las examinó detenidamente para comprobar su estado y vio que, efectivamente, estaban malas y le dijo a Kevin que las tirara. Mientras el jefe se lavaba las manos en un pequeño lavamanos que había en la trastienda Kevin le bajó los pantalones. La confusión que le provocó aquello a su jefe se convirtió rápidamente en enfado y exclamó “Pero ¿qué haces?”. Kevin gritó “No, no me pegue” lo más fuerte que pudo y se tiró al suelo. El jefe, aun con los pantalones por las rodillas, se lo quedó mirando extrañado, detrás de él oyó un ruido de una puerta que se abría. Era lunes, exactamente las 12 del mediodía y Huevo-man estaba allí puntual. Ante aquella situación no se le ocurrió nada mejor que darle un puñetazo al hombre con los pantalones medio bajados y decirle a Kevin: “¡Vamos!”
Kevin se levantó de un salto. Pasó por encima de su jefe, que estaba en el suelo con las manos en la nariz por el dolor, y se fue corriendo de allí con su salvador. Casi no podía aguantarse la sonrisa que le producía saber que todo estaba yendo como había planeado.

viernes, 10 de mayo de 2013

Lágrimas de cocodrilo (1a parte)


Kevin odiaba a su jefe. Pensaba que era de la peor escoria que podía pisar el suelo terrestre y ese pensamiento le rondaba la cabeza de siete de la mañana a cinco de la tarde de lunes a viernes. No era un odio ilegítimo, su jefe lo trataba mal. No lo maltrataba psicológicamente ni físicamente, pero el desprecio que tenía hacia él como subordinado era latente en cada palabra que le dirigía. Le culpaba de errores propios, menospreciaba su trabajo bien hecho y un largo etcétera. Kevin era un chico de 19 años que trabajaba en una pollería del mercado de su pueblo, era un trabajo que le gustaba y no podía quejarse del sueldo, pero no estaba feliz bajo la autoridad de aquel hombre. Una de las pocas personas que entendía a Kevin era uno de los proveedores de la tienda. El hombre que traía los huevos los lunes y los miércoles picaba a las 12 de la mañana en la puerta de la trastienda y, mientras ayudaba a descargar la mercancía hablaba 5 minutos con Kévin y éste le explicaba sus problemas. El proveedor o “huevo-man”, tal y como lo llamaba Kevin, se compadecía de él y se alegraba de ser un oasis en el desierto que vivía. Kevin lo apreciaba mucho.
Para seguir contando la historia debo explicar que los puestos del mercado de Kevin daban a un patio exterior común en el que había unos contenedores de basura, estaba cercado por unas vallas altas de acero para que nadie robara la mercancía que los tenderos guardaban en ese patio, los proveedores debían entrar por una única puerta que se abría por dentro del patio y que estaba vigilada por un guardia de seguridad, además las puertas de los puestos que daban a ese patio sólo se podían abrir por dentro.
Seguimos.
Un día Kevin fue a tirar basura a los contenedores, solía entretenerse ya que cuanto más tiempo pasaba sin ver la cara de su jefe más feliz era. Empezó a oír sirenas y murmullo de gente. De repente vio, entre las macizas barras de hierro de la valla del patio, militares que le decían a la gente de la calle que se marchara rápido de aquella zona, que era peligroso. Súbitamente un grito le heló la sangre, dirigió la mirada hacia donde venía aquel chillido y vio a una chica señalando hacia una calle. De allí salió el mayor cocodrilo que jamás había visto en su vida. De altura era como dos coches uno puesto encima del otro y, por mucho que avanzó para comerse a la chica que había gritado, su cola no salía del callejón de lo larga que era. Kevin, que tenía los ojos y la boca abiertos de estupor pensó que lo mejor que podía hacer era salir de allí. Primero se dirigió hacia la puerta de su puesto de trabajo, pero no podía abrirla. Picó con fuerza, pero ya habían desalojado a todos del mercado y no había nadie al otro lado que lo oyera gritar. Luego intentó salir por la puerta de los proveedores, pero el guardia de seguridad no estaba y Kevin no tenía la llave. Estaba atrapado. El monstruoso cocodrilo, que estaba al otro lado de la calle olió los contenedores de basura y dirigió sus grandes y oscuros ojos hacia el patio del mercado, allí vio a Kevin y se le hizo la boca agua. El joven pollero se dio cuenta que el cocodrilo lo había elegido como tentempié y gritó de miedo en busca de que algún militar lo oyera y lo fuese a buscar. El cocodrilo empezó a dar golpes con su larga cola a las vallas que lo separaban de Kevin. El chico tenía como única y penosa defensa el cuchillo que siempre cogía cuando iba a tirar cartones al contenedor de papel para que entraran mejor. Un gran estruendo acompañó la caída de las vallas cuando el cocodrilo las echó abajo. Kevin sabía que estaba perdido. En aquel momento, el pensamiento que lo acompañaba en su jornada laboral se hizo más fuerte: odiaba a su jefe. Nunca lo odió tanto como en ese instante. Odiaba el día que firmó el contrato. Odiaba su aliento cuando le echaba bronca por fallos injustificados. Odiaba su peinado que intentaba disimular su calvicie…
Cuando no quedaban ni dos metros de separación entre Kevin y el cocodrilo una lata cayó entre los dos. La lata explotó y dejó escapar un gas amarillo que cegó a ambos y les dejó inconscientes. Kevin no dejaba de pensar lo mucho que detestaba a su jefe. 

lunes, 6 de mayo de 2013

Tal y como son las cosas



Había una vez una niña muy especial que veía el mundo de una manera particular. Para ella todo lo que recibía con los sentidos era tal y como existía. Esa niña se llama Sofía. Y es mi hija. En los primeros años de de su vida ya vi que no actuaba como sus compañeros de guardería, su maestra fue la primera en notarlo. La llevamos a su médico de cabecera y éste nos dio el teléfono de un psicólogo especializado en niños. No tardó mucho en descartar algún grado de autismo o hiperactividad en ella, ni tampoco era, según las pruebas, superdotada. Pero ella actuaba de manera extraña: al escuchar alguna canción no seguía el ritmo con la cabeza o con sus piececitos, al ver alguno de los dibujos no transmitía ninguna expresión de sorpresa.
El psicólogo la hizo pasar por un escáner neuronal mientras le hacía ver dibujos animados y escuchar música clásica. Cuando nos dio los resultados no parecía muy convencido de sí mismo.
- Realmente es un caso fuera de lo común. Su hija Sofía recibe los estímulos como cualquier niño de su edad. Pero los procesa de manera diferente.
- ¿Tiene algún déficit en alguna parte de su cerebro? – Preguntó su madre.
- No, todo lo contrario. Su manera de computar los estímulos es superior a la de cualquier persona. No expresa ninguna emoción porque todo lo que recibe no pasa por lo emocional, va directamente al intelecto. A parte de eso es una niña completamente normal.
Salimos bastante confusos de la consulta, pero yo adapté una posición diferente rápidamente. Soy profesor de Filosofía, fui yo el que eligió el nombre de mi hija y no pude haberlo acertado más. Sofía no tenía el problema subjetivo al que toda la humanidad está sujeto. Ella percibía el mundo tal y como es. En vez de dejarse llevar por el placer de la música ella oía ritmos encadenados por una armonía lógica. En vez de sentir compasión o rabia por los protagonistas de series animadas, películas o libros ella podría analizar la situación de manera objetiva y juzgarla sin peligrar su integridad emocional. Podía ser la mejor juez del mundo.
Divagando en todos estos pensamientos recordé una asamblea sobre epistemología que se hacía en mi universidad. Podía presentar a Sofía a todos los catedráticos presentes como la solución al problema de La Verdad. Dejaría por los suelos a Descartes o Newton una niña pequeña con una capacidad de ver las cosas tal y como son.
El día de la asamblea estaba orgulloso de mi hija, como no lo había estado nunca. Subí al púlpito y me dirigí a la audiencia.
 - Me gustaría empezar la charla con la famosa frase de Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Su interpretación de la percepción de la realidad no iba errada. No podemos dejar de ver el mundo sin estar sujetos a una cantidad de prejuicios y sentimientos tan grande que nos ciegan. ¿Y si hubiera un sujeto superior a esa cojera perceptiva? Quiero presentarles a mi hija Sofía. – Hubo un murmullo general entre el público, le hice una señal con la cabeza a mi mujer para que me la trajera, la cogí en brazos. – No ha habido un estímulo aun que haya hecho que…
- Papá…
Mi hija me interrumpió. En ese instante no me importó, pero lo que dijo me  dejó blanco. Sus palabras fueron aplastantes, nunca hubiera pensado que lo que iba a decir me destrozaría tanto.
- Dime princesa – Le dije con una sonrisa.
- Ese señor es muy feo.
Todo el mundo se rió. Todos menos yo. Acababa de emitir un juicio personal y subjetivo. ¿Se había “curado” de su condición? Mi tesis, mi carrera, mis castillos en las nubes se habían desplomado. Pedí disculpas a los presentes. Salí de allí con Sofía en brazos y la llevé a un lugar donde nadie nos pudiese ver. Me arrodillé y le dije con calma:
- ¿Por qué has dicho eso, preciosa? Es la primera vez que dices que algo te gusta o no.
No dijo nada, simplemente me abrazó.
En ese instante lo entendí todo. Ella sabía que necesitaba un padre. Yo la estaba exponiendo como un sujeto de estudio, como un mono de feria. Eso era injusto incluso para ella.

Los siguientes años fueron estupendos. Me esforcé para darle una educación de primera mano. La llevé a diferentes lugares para que experimentara de primera mano la grandeza de la naturaleza desde los detalles más pequeños. Su adolescencia fue fácil para mí como padre, le encantaba aprender y conocer más. Sabía que las cosas eran de una manera pero que el hombre las entendía de otra y eso la fascinaba.
Un día, mientras leía me dijo:
- Papá, me gustaría aprender a tocar el violín.
La apunté a clases y aprendió a controlar los ritmos y crear melodías. Su cerebro encontraba descanso en esa armonía de sonidos después de un largo día de confuso desorden y caos.
Yo encontraba triste que no pudiera apreciar la belleza de lo que tocaba.